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La legitimación del robo 2005-07-11

Hacia tiempo que no visitaba la página de Dilettante y como siempre lo borda...

Como decía un amigo mio "A mi me importan bien poco esos papeles, pero si se van a poner chulos, me lio a piños..."


Hace mucho tiempo, en una galaxia muy muy lejana, un grupo de facinerosos, mayormente de uniforme, se rebelaron contra un gobierno democráticamente elegido y legalmente constituido. Tras tres largos años de guerra, los facinerosos en cuestión se alzaron con la victoria y, no-sorprendentemente, la serie de desmanes en nombre de dios y de la patria prosiguió. Muchas vidas terminaron contra paredes anónimas, a manos de hombres y de armas cuya misión era defenderlas. Y se robó y se expolió, a menudo por simple humillación.

En el párrafo anterior hay dos licencias poéticas, que pasaré a revelar para los menos despiertos: ni hace mucho tiempo, ni fue en ninguna galaxia lejana. Fue hace 70 años, y el lugar era España. Aunque se puede uno extender durante volúmenes enteros hablando de la maldición que fue la guerra civil, quiero referirme únicamente a un tema que ahora está de nuevo de actualidad.

Tras la derrota del gobierno de la república (que, repito de nuevo por si a alguien se le había olvidado, era un gobierno legalmente constituido y elegido en sufragio universal), los delincuentes que entonces detentaban el poder decidieron despojar a la Generalitat de Catalunya, el gobierno autónomo del país en el que me encuentro, de sus archivos, y llevárselos a otro lado. Podrían haberlos dejado aquí, en el mismo sitio en el que estaban, puesto que la zarpa de su dominio incluía la ciudad de Barcelona, pero no hubiese sido lo mismo. Lo que hicieron transmitía un par de mensajes que ellos deseaban transmitir: el de la arbitrariedad y el de la impunidad; o, dicho con palabras sencillas, lo hago porque me sale de los cojones y al que me tosa le pego un tiro en la boca del estómago. La expoliación y traslado tenia también un propósito mucho más macabro: facilitar el examen de los documentos para la identificación de "elementos subversivos" y su posterior detención y, en muchos casos, ejecución.

El retrasado mental que tuvo la sartén de España por el mango durante casi 4 décadas ya hace mucho tiempo que cascó (desgraciadamente el traspaso tuvo lugar en la cama, aunque por fortuna el sujeto fue concienzudamente puteado por los médicos durante sus últimas semanas de vida; no es lo que yo llamaría justicia poética, pero menos da una piedra). Muerto el perro y pasada la transición y el ruido de sables, parecía un hecho simple que el botín del robo antes mencionado, que había sido trasladado a Salamanca, fuese devuelto a sus legítimos propietarios, es decir, la Generalitat de Catalunya, para que lo administrasen a su conveniencia. Bueno, puede que en un mundo ideal suceda eso, pero en este las cosas son distintas.

Por algún motivo, una parte importante de los salmantinos (y de los no salmantinos) perciben la devolución de un material que fue robado como un robo a su vez. Gentes de muy diversos colores políticos (uno podría pensar que todo son tonalidades del azul, pero se equivocaría de medio a medio) han emitido todo tipo de barbaridades para justificar la permanencia en esa muy universitaria ciudad del producto del expolio faccioso. Baste recordar la frase más tristemente famosa de todo el asunto, la pronunciada por Gonzalo Torrente Ballester en 1989 desde el balcón del ayuntamiento de Salamanca durante una manifestación, en el sentido de que aquellos papeles pertenecían a los salmantinos por derecho de conquista. Pudiendo elegir los gozos, Torrente se decantó, vergonzosamente, por las sombras.

La semana pasada, el gobierno de España decretó la devolución de esa documentación robada, los llamados "papeles de Salamanca", a la Generalitat y a los particulares (no así a los ayuntamientos, por motivos que se me escapan). Aunque es evidente para cualquier persona razonable que se trata de un acto de justicia, los ladridos de los detractores seguirán, se hablará de destrucción del archivo, de fraccionamiento de la memoria histórica y, sobre todo, se volverá a decir que el gobierno está a merced de los insaciables separatistas catalanes, que lo quieren todo para ellos. Todo ello en un intento de justificar lo injustificable: la conservación del producto de un delito.

Muchos creían que el franquismo había acabado con la muerte del susodicho. Qué gran error. El franquismo es una actitud, una forma de vida, la realización del grito muera la inteligencia, viva la muerte que Millán Astray vomitó en una de las aulas de la universidad de esa misma ciudad de Salamanca. En muchos lugares, en muchas cabezas, está tan vivo como lo estaba en 1940. Pensar en ello me da miedo.

Enviado por pipodols a las 13:10 | 1 Comentarios | Enlace


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Comentarios

1
De: incultoooooo Fecha: 2005-07-16 23:28

que cosa mas inculta es Ud



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