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ALEGRÍAS DE CREYENTES 2005-05-18

En esta vida más te vale creer en algo, especialmente en algo que se pueda compartir


La duda permanente y el agnosticismo radical puede que fomenten la lucidez, pero es evidente que no contribuyen a la felicidad de nadie. En esta vida más te vale creer en algo, especialmente en algo que se pueda compartir, física o moralmente, con millones de seres humanos. El consuelo de la mentada lucidez, francamente, es muy poca cosa comparada con la luz que se desprende de los rostros de esos miles de peregrinos que se fueron a Roma para asistir a las exequias de Juan Pablo II.

Salvando las lógicas distancias, que en mi opinión no lo son tanto, esa luz es la misma que puede verse en el rostro alcoholizado de esos hinchas de fútbol que siguen a su equipo por todo el mundo; o en sus equivalentes rockeros, esos personajes que, como los inolvidables deadheads que no se perdían un concierto de The Grateful Dead, siguen a sus cantantes y grupos favoritos de ciudad en ciudad y de país en país. Ya lo dijo Bruce Springsteen en su canción Reason to believe: "Al final de un duro día de trabajo/la gente necesita algo en que creer".

Los que no somos fans del Papa, del Barça o de Springsteen solemos mirar por encima del hombro a todos esos creyentes, pero en el fondo les envidiamos. Puede que nos guste agarrarnos a nuestra amarga lucidez, y que recurramos al sarcasmo de preguntarnos cómo se lo montan los creyentes de cualquier tipo para saltarse las jornadas laborales de las personas normales y largarse al quinto pino para ver el cadáver del Papa, comprobar si el Manchester United gana la Copa de Europa o escuchar las nuevas canciones de U2, pero a menudo quisiéramos ser como ellos. ¿Para qué? Para sentirnos menos solos.

Eso que llamamos lucidez sólo sirve para buscarnos la ruina. Por ejemplo, si yo no hubiera abandonado horrorizado la lectura de El código da Vinci en la página 40, ahora podría sentirme parte de una familia numerosa repartida por los cinco continentes. En vez de eso, el único que me entiende, aunque con razones equivocadas, es ese cura italiano que dijo que había que retirar de las librerías el fárrago de Dan Brown (puestos, querido monseñor, ¿por qué no revitalizar el Santo Oficio y enviarlo a la hoguera antes de que escriba otro libro?).

Las colas para ver al Papa, al Barça o a U2 cada día se parecen más. Todas rinden pleitesía a seres (o entes) superiores que, si los sentimos como nuestros, nos ayudan a atravesar este valle de lágrimas con más alegría. El problema de estos alegres colectivos, vistos desde el prisma de individuos como el que firma este artículo, es que acaban semejándose a legiones de zombis que te urgen a unirte a ellos. A cambio sólo te piden que dejes de pensar y de hacerte preguntas.

Siempre desde la óptica del agnóstico profesional, los fans del Papa, de Ronaldinho o de Bono recuerdan poderosamente a las felices víctimas de La invasión de los ladrones de cuerpos, aquella película de ciencia-ficción de los años 50 vuelta a rodar en los 70 y en los 90. Tras ser ocupados sus cuerpos por taimados extraterrestres, se dedican a acosar a los que han conseguido dar esquinazo a los invasores para que se unan a ellos. Cuando ven a un resistente, lo señalan con el dedo y lanzan aullidos, pero el infeliz de turno sale por piernas porque prefiere ser un hombre preocupado en vez de una planta feliz.

Así nos sentimos a veces los listillos que no creemos en la religión, en el fútbol, en el socialismo, en la fama o en lo que hoy día se entiende por música pop. Que nos zurzan: nosotros nos lo hemos buscado.

Ramón de España - El Periódico

Enviado por pipodols a las 16:47 | 0 Comentarios | Enlace


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