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Todo tiene arreglo 2004-07-12

Como siempre Joan Barril, desde el Periódico del Domingo lo hace bonito:

Todo tiene arreglo

Las cosas bien hechas. Así recordaba Pedro Perdurable las últimas palabras de su padre. Todavía era joven cuando murió. El hijo del señor Perdurable atendió al lema de su progenitor y estuvo un par de noches labrando la madera del ataúd. Luego le llevó en un carromato hasta el cementerio y le dio tierra bajo el árbol bueno. Ya nada le ataba a la casa de su padre y, con la herencia, se fue a la ciudad a doctorarse en ingeniería industrial. El día en que se llevó el título, el rector le preguntó por los motivos que le llevaban a aquella profesión. "Mi padre dijo que teníamos que hacer las cosas bien hechas y yo creo que podemos hacerlas mejor", dijo el joven Perdurable. Y el rector le respondió: "No hay cosa mejor hecha que honrar la memoria del padre atendiendo a sus deseos. Buena suerte".

La tuvo. Pedro Perdurable entró a trabajar en las mejores empresas de una industria que empezaba a despuntar en un país devastado por la especulación. Tuvo un buen sueldo y un reconocimiento profesional precoz. Las máquinas que salían de su cabeza eran garantía de solidez y de buena factura. Ése era el éxito. De vez en cuando Pedro se dirigía hacia la sombra del árbol bueno y ahí le decía a su padre que las cosas bien hechas estaban llenando la tierra y que se hubiera sentido orgulloso de él.

Pero lo que en la vida son años en la industria son minutos. Un día, el director general, don Efraín Efímero, le llamó. El señor Efímero le presentó a unos asesores del departamento de proyectos y le sugirió que hiciera caso de sus propuestas: "Son nuevos tiempos, Perdurable. Y los accionistas quieren rentabilidad a corto plazo. Haga caso a sus nuevos colaboradores".

La palabra "colaborador" en el mundo laboral es un eufemismo. Un colaborador puede ser un simple asalariado o un virrey. Así era. Los colaboradores, formados en las mejores familias y en las mejores universidades americanas, le propusieron a Pedro Perdurable que cambiara su estilo de trabajo. Hacer las cosas bien hechas no era negocio. De lo que se trataba era de planificar la obsolescencia. Si una máquina tenía garantía para un año, la obligación de Perdurable era planificar el desastre para un año y un día. De esa manera el consumidor, consciente de que ya nadie arregla nada, compraría otro producto. Usar y tirar: eso era lo que daba negocio. "Mire don Pedro: de lo que se trata es de hacer máquinas que parezcan sólidas pero que se rompan". Le estaban diciendo que hiciera las cosas mal hechas. Pedro Perdurable fue a Recursos Humanos, pidió la liquidación y el finiquito, escribió una carta de despido a Efraín Efímero y se refugió una semana en su casa.

Un mes más tarde, Perdurable abrió una pequeña nave industrial y publicó unos cuantos anuncios: "Nada está perdido.Todo tiene arreglo". Fichó como empleados a mecánicos cubanos, acostumbrados a hacer funcionar coches antiquísimos sin piezas de recambio. Llegaron a su taller operarios rusos que en su día hicieron de la necesidad virtud. Completó su plantilla con fantásticos trabajadores magrebís capaces de convertir un paraguas en una antena parabólica. Poco a poco el nombre de Perdurable corrió por la ciudad y por el país. Perdurable decidió poner una marca de reparación en los productos que él trataba. Un teléfono móvil, un ordenador, una cámara fotográfica o un vehículo de paseo llevaban en sus carcasas el emblema: "Reparado por Perdurable".

Pronto el prestigio de esa marca de reparación fue muy superior al de las marcas originales. El diseño era algo frágil, pero la garantía de Perdurable daba a las cosas la vida eterna. En unos cuantos años el mercado normal perdió cuota. La gente estaba dispuesta a pagar más por un producto antiguo reparado por las manos de Pedro Perdurable que por el último grito de una tecnología quebradiza. Un día Efraín Efímero llegó al despacho de la gran fábrica de reparaciones de su antiguo empleado. Le llevaba un coche último modelo salido de su factoría: "Ninguno de mis ingenieros puede solucionarme el problema. Tal vez usted..." Y Pedro Perdurable abrió el capó y le dijo: "Don Efraín. La reparación le va a costar más cara que comprarse un coche nuevo en su fábrica. Sea usted consecuente". Al día siguiente volvió a rezar junto al árbol bueno, en la soledad del cementerio, dijo en voz baja: "Papá, hemos triunfado. Las cosas vuelven a estar bien hechas".

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